
Hay una experiencia silenciosa que muchas mujeres comparten, incluso aquellas que parecen más seguras, brillantes y admiradas: la sensación de ser un fraude. Esa voz que aparece justo después de un logro, de un reconocimiento, de un paso importante, y que susurra con fuerza: ?No eres suficiente? pronto se darán cuenta.?
A esto lo llamamos síndrome de la impostora, pero más que un fenómeno psicológico, es una herida emocional profunda que se activa cuando una mujer está creciendo, cuando está expandiéndose, cuando finalmente está ocupando espacios que antes le fueron negados, invisibilizados o cuestionados.
Lo más doloroso es que no discrimina. Afecta a mujeres talentosas, mujeres líderes, mujeres que acumulan méritos, títulos, experiencia y resultados. Afecta a mujeres que ?lo tienen todo?, excepto la posibilidad interna de creerse capaces desde un lugar auténtico.
Y aquí está lo más importante: no es falta de capacidad; es falta de permiso interno.
¿Por qué tantas mujeres viven esta herida?
La respuesta no está en la adultez, sino en las pequeñas huellas que la cultura, la crianza y los mensajes recibidos en la infancia dejan en nuestro interior. Muchas mujeres crecieron aprendiendo que debían ser humildes ?para no incomodar?, perfeccionistas ?para ser aceptadas?, discretas ?para no verse egoístas?. Otras recibieron afecto condicionado: ?te quiero cuando te portas bien?, ?eres valorada cuando eres útil?, ?vales cuando no incomodas.?
Con el tiempo, estos mensajes se convierten en un filtro a través del cual interpretamos nuestros logros. Cuando recibimos un reconocimiento, en lugar de sentir orgullo, sentimos miedo. Miedo a fallar. Miedo a decepcionar. Miedo a ser vistas demasiado de cerca. Miedo a confirmar la sospecha interna de que ?no somos suficientes?.
Así, el éxito no activa el disfrute? activa la alerta.
La impostora no aparece porque no seas capaz, aparece porque aprendiste a dudar de tu valor.
Una herida emocional no sanada ?particularmente aquella asociada al merecimiento? se manifiesta como autocrítica excesiva, como perfeccionismo, como hiperesfuerzo, como necesidad de aprobación o como miedo paralizante ante metas nuevas. Y aunque externamente una mujer puede verse fuerte, funcional y competente, internamente puede sentir que camina sobre una cuerda floja: cualquier error la derribaría.
La impostora no nace en la adultez. Es una niña interior que aprendió a protegerse dudando de sí misma. Dudando antes de que otros pudieran hacerlo. Exigiéndose antes de que alguien más pudiera exigirle. Minimizando sus logros para evitar la envidia o la crítica. Callando su fuerza para no sobresalir ni molestar.
¿Cómo se comienza a desmontar esta herida?
No se trata de repetir frases motivacionales, porque la impostora no vive en la razón. Vive en la emoción. Vive en la parte más vulnerable de una mujer. Vive en esa memoria interna donde un día, hace mucho tiempo, se aprendió que no era seguro brillar.
El proceso terapéutico ?y también el camino personal? empieza reconociendo algo esencial:
Esa voz crítica no eres tú. Es un eco. Es una herencia emocional. Es un mecanismo antiguo que intenta protegerte.
La transformación se da cuando:
1. Nombras lo que sientes.
Cuando dejas de ocultar la duda y empiezas a decirte con honestidad:
?Esto que siento es inseguridad aprendida, no una evaluación real de mis capacidades.?
2. Te permites recibir.
Recibir un halago, un reconocimiento, una oportunidad? sin justificarlo, sin esconderlo, sin bajarlo de valor.
3. Te tratas con la misma compasión que ofreces a los demás.
Las mujeres suelen ser extremadamente empáticas con quienes aman, pero durísimas consigo mismas.
La verdadera liberación ocurre cuando esa empatía comienza a ser dirigida hacia adentro.
4. Empiezas a ocupar tu espacio sin pedir disculpas.
No es soberbia. Es dignidad.
No es arrogancia. Es presencia.

Cuando una mujer sana esta herida, no desaparecen sus dudas: cambia su relación con ellas.
Ahora puede avanzar con miedo, sí? pero sin que ese miedo la paralice.
Puede celebrar sus logros sin minimizarlos.
Puede mirar su historia con ternura ?no con vergüenza?.
Puede reconocer su valor sin necesitar permiso externo.
Y lo más hermoso: deja de vivir en modo supervivencia? y empieza a vivir en modo expansión.
Porque cuando una mujer deja de creerle a su impostora interna, algo profundo ocurre: la vida se ensancha, se vuelve más amplia, más disponible, más suya.
Y ella también.