
Todas las personas tenemos una voz interior: ese diálogo silencioso que interpreta lo que sentimos, que comenta nuestras decisiones, que nos acompaña en los momentos difíciles y también en los triunfos. Pero a veces, esa voz interior no es realmente nuestra. A veces habla con palabras que no escogimos, con juicios que no nos pertenecen o con exigencias que no nacen de nuestra esencia. A veces, esa voz está formada por aprendizajes antiguos, por heridas que no sanamos, por expectativas ajenas, por mensajes que recibimos antes de tener la capacidad de filtrarlos.
Esos mensajes, esas huellas emocionales tempranas, se convierten en modelos operativos internos: guiones invisibles que moldean nuestra manera de relacionarnos con nosotras mismas y con el mundo. Guiones que se formaron en la infancia, cuando necesitábamos sentirnos vistas, amadas, protegidas. Guiones que, en su momento, fueron mecanismos de supervivencia, pero que hoy pueden convertirse en limitaciones silenciosas.
Cuando somos niñas, no interpretamos la vida desde la lógica; la interpretamos desde la emoción.
Si una niña recibe apoyo al expresar su tristeza, aprende que pedir ayuda es seguro.
Si es criticada cuando muestra enojo, aprende a reprimirlo.
Si solo recibe atención cuando es ?útil? o ?perfecta?, aprende que su valor depende de lo que hace, no de lo que es.
Así, sin que nadie lo explicite, la niña crea conclusiones emocionales:
Y aunque crezca, esos mensajes quedan guardados como una brújula interna que dirige decisiones, miedos, deseos y silencios.
De adultas, solemos actuar sin notar que estamos siguiendo un guion escrito mucho antes.
Una mujer con un modelo interno basado en la exigencia quizás logra grandes cosas, pero nunca siente descanso.
Otra que aprendió a evitar el conflicto podría sacrificar su voz para mantener la paz.
Otra, que aprendió a valerse sola porque no fue sostenida, puede cargar con todo aunque esté agotada.
El cuerpo sigue respondiendo a un pasado que ya no existe, pero que aún vive dentro.
A veces, la voz interna suena como una crítica constante.
Otras veces, como miedo.
Otras, como duda.
Otras, como una perfección imposible.
Muchas mujeres sienten que esa voz las persigue:
?Debiste hacerlo mejor.?
?No vas a poder.?
?No molestes.?
?Si descansas, fallas.?
?No eres suficiente.?
Esa voz no nació contigo.
Esa voz se aprendió.
Reconocer esto no es un fracaso; es un despertar.
La clave es preguntarte:
?¿Esta voz viene del amor? o del miedo??
Las emociones nombradas pierden poder sobre ti.
Dejan de ser un torbellino interno y se convierten en algo que puedes mirar con distancia.
Cuando la voz diga: ?No eres suficiente?, pregúntate:
?¿Es esto un hecho? o es un viejo miedo hablando??
La crítica muchas veces es un guardián desactualizado.
No intenta destruirte; intenta evitar que sientas un dolor antiguo.
No se trata de repetir frases vacías.
Se trata de cambiar el tono.
Se trata de introducir una voz más amable, más honesta, más tuya:
La fuerza reemplaza al miedo.
La calma reemplaza a la exigencia.
La elección reemplaza al guion automático.
La identidad reemplaza a la herencia emocional.
Y entonces descubre que su voz interior, esa voz que impulsa, sostiene y abraza, sí le pertenece?
y siempre estuvo esperando ser escuchada.